Hay ensayos que no buscan añadir argumentos, sino restituir una evidencia que, por desgaste o por miedo, ha dejado de ser visible. El de Javier García Gibert pertenece a esa estirpe. No viene a defender la tauromaquia —empresa, por lo demás, cada vez más inútil—, sino a situarla en un lugar donde la defensa ya no es el problema.
Porque lo que está en juego no es una práctica, sino una forma de conciencia.
Desde las primeras páginas, el libro se instala en una incomodidad fértil: la distancia entre lo que llamamos sensibilidad y lo que no es más que su caricatura sentimental. No es una distinción menor. En ella se cifra buena parte del malentendido contemporáneo. Llorar por el toro —sin saber qué es un toro bravo— no es una muestra de refinamiento moral, sino de analfabetismo simbólico. Y quizá algo peor: de incapacidad para sostener la complejidad de lo real.
El error, sin embargo, no es sólo del que niega, sino también del que defiende mal. Durante demasiado tiempo, la tauromaquia ha sido explicada desde un repertorio agotado de nombres y argumentos, como si bastara con invocar una tradición para justificarla. El mérito de García Gibert consiste en abrir ese campo, en desplazar la conversación hacia una constelación más amplia: humanística, hispánica, incluso minoritaria.
Porque sí, la tauromaquia es hoy una minoría. Y quizá ahí reside su verdad.
Frente a la ilusión democrática de que todo debe ser homologable, el libro introduce una idea incómoda: hay formas culturales que no se sostienen por mayoría, sino por intensidad. Formas que no piden permiso, sino comprensión. Defenderlas no es un gesto reaccionario, sino una forma de resistencia frente a una homogeneización que no es neutral, sino profundamente dirigida. El llamado «imperialismo cultural» no actúa sólo imponiendo contenidos, sino desactivando sensibilidades.
Y en ese proceso, lo primero que se pierde es la capacidad de leer símbolos.
Aquí el ensayo alcanza uno de sus núcleos más fértiles: la tauromaquia como sistema simbólico de una riqueza casi inagotable. Todo en ella —el toro, el torero, el ruedo, el tiempo de la faena— exige interpretación. No en un sentido académico, sino en el más alto: como aquello que nos obliga a pensar más allá de lo evidente.
El toro no es un animal cualquiera. Es una forma de energía que no puede ser reducida, sin más, a una «animalidad» homologable dentro del discurso imperante. El torero no es un ejecutante, sino alguien que se mide con esa energía en el plano del gesto. Y el espectador no es un consumidor, sino parte activa de una escena donde lo que se decide no es sólo el éxito o el fracaso, sino el sentido mismo de lo que allí ocurre.
Por eso resulta tan reveladora la insistencia de García Gibert en la tradición áurea. No como nostalgia, sino como clave. La tauromaquia no es un accidente folklórico, sino una consecuencia. Una forma que emerge de una determinada concepción del mundo, donde el hombre no se piensa fuera del conflicto, sino en su interior.
En ese punto, la lectura que el libro sugiere —aunque no siempre explicite— conecta con una intuición mayor: la del hombre como ser que necesita darse forma ante aquello que lo desborda. De ahí la pertinencia de traer a escena a Miguel de Unamuno y su lectura del Quijote: no como parodia, sino como drama íntimo. El torero, en ese sentido, no actúa; se expone. Y en esa exposición se juega algo que no puede delegarse.
Hay, además, una veta especialmente sugestiva en el libro: la recuperación de esa dimensión sutil, casi inasible, que la afición ha tratado tantas veces de nombrar —con fortuna desigual—. Llamémoslo hechizo, azar, gracia. García Gibert evita el lugar común del «duende», quizá porque sabe que la palabra, de tanto usarse, ha dejado de decir lo que pretendía decir. Prefiere rodear el fenómeno, insinuarlo, dejarlo actuar.
Es ahí donde el ensayo se vuelve verdaderamente valioso:
cuando no explica, sino que pone al lector
en disposición de percibir.
Porque ese es, en el fondo, el criterio de todo gran ensayo. No demostrar, sino afinar la mirada. No imponer una lectura, sino hacer posible una experiencia. En ese sentido, el libro es ejemplar: rehúye la pedantería hermenéutica sin caer en la simplificación, y mantiene una rara generosidad con quien lee.
Queda, sin embargo, el problema decisivo.
¿Qué hacer con una forma que el presente percibe como anacrónica?
García Gibert no esquiva la palabra. La asume. Pero la invierte. El anacronismo —ese «bendito anacronismo»— no es aquí un defecto, sino un índice. Señala aquello que no ha sido del todo absorbido por la lógica dominante. Aquello que, por permanecer fuera de tiempo, conserva todavía una potencia.
Quizá por eso la tauromaquia incomoda tanto.
No porque sea incomprensible, sino porque exige demasiado. Exige memoria —no como archivo, sino como experiencia viva—. Exige aceptar la paradoja: que en un mismo espacio convivan la fiesta y la tragedia, el juego y la muerte, lo efímero y lo eterno. Exige, en definitiva, una forma de atención que el presente ha dejado de cultivar.
Y ahí es donde el libro acierta de lleno.
No por defender la tauromaquia, sino por recordarnos que, al perderla sin haberla entendido, no sólo desaparece un espectáculo. Desaparece una forma de relación con el mundo. Y esa pérdida —a diferencia de otras— no es sustituible.
Javier García Gibert, A la luz del toreo. Tradición hispánica y humanística en la tauromaquia. Editorial Biblioteca Nueva, Madrid, 2018.