Todo lo que se lee y se ve en Contraquerencia, reunido en un mismo lugar. Cuatro maneras de entrar al cuaderno.
Ensayos y reseñas libres de leer, antes de cruzar el umbral.
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Pamplona · 6 – 14 de julio de 2026
Hay puertas que separan dos espacios y otras que separan dos formas de comprender una misma realidad. El toro cruza la puerta de la plaza. Un niño, que permanece fuera, descubre que la fiesta todavía no ha terminado.
Un hombre anónimo deja pasar al toro y, durante un instante, parece gustarse en la justeza de su gesto. Una vieja fotografía del encierro de Pamplona revela cómo el cuerpo conserva una memoria que las palabras apenas alcanzan a explicar.
La ciudad propone un ángulo. El toro responde con una curva. En la esquina de Mercaderes, una antigua fotografía revela una cualidad esencial del toro bravo: la flexibilidad con la que convierte la geometría de la ciudad en movimiento.
Tras la cuesta de Santo Domingo, el encierro entra en la plaza del Ayuntamiento y la ciudad comienza a respirar de otra manera. Una antigua fotografía nos ayuda a descubrir cómo el paso del toro transforma, durante unos minutos, el sentido mismo del espacio urbano.
Mucho antes de convertirse en un espectáculo universal, el encierro fue el paso de unos toros por una ciudad. Una antigua fotografía de Pamplona nos ayuda a descubrir la memoria de aquel mundo y a comprender por qué esa presencia sigue conmoviéndonos hoy.
Antes de correr, alguien decidió esperar al toro. Este segundo ensayo recorre una antigua fotografía del encierro para descubrir que el origen de la tauromaquia quizá no se encuentre en la carrera, sino en la espera y en la presencia transformadora del toro.
Mientras Pamplona celebra los Sanfermines, Contraquerencia propone otra forma de recorrer el encierro: ocho ensayos para mirar despacio aquello que sucede antes de la carrera, antes del miedo y antes de la plaza, cuando un toro transforma el espacio con su sola presencia.
San Fermín no comienza con el chupinazo, sino cuando la ciudad vuelve a mirar al toro. Un ensayo sobre la fiesta, el sentido de los ritos y el riesgo de conservar sus formas mientras olvidamos aquello que, desde hace siglos, las mantiene vivas.
Madrid, Las Ventas · mayo – junio de 2026
Madrid respondió una vez más. Los tendidos se llenaron y la emoción compareció en muchas tardes. Pero el gran asunto de San Isidro 2026 fue otro: la aparición intermitente del toro, protagonista absoluto de una feria que deja más preguntas que respuestas.
Madrid llenó Las Ventas para asistir al gran acontecimiento final de San Isidro. Borja Jiménez compareció dispuesto a jugárselo todo. Pero una corrida impropia de la ocasión transformó poco a poco el significado de la palabra 'encerrona' hasta convertirla en otra cosa muy distinta.
Los victorinos volvieron a Madrid para recordar que una corrida puede girar alrededor de los toros. Los cuatro primeros ofrecieron casta, emoción y posibilidades. Sólo Román entendió a tiempo lo que exigían. La Puerta Grande fue suya, pero la conversación siguió girando alrededor del ganado.
Durante cuatro toros y medio, la corrida de Juan Pedro avanzó entre la sosería, la falta de casta y el tedio. Cuando la plaza parecía resignada a una tarde más para el olvido, el quinto toro recordó de golpe que los toros siguen siendo un lugar donde las cosas ocurren de verdad.
Los mozos de espadas señalaron con los papelillos el único refugio contra el viento antes de empezar la corrida. Después llegaron los toros. Emilio de Justo dejó escapar el mejor lote de la tarde y Víctor Hernández puso el valor ante un toro que quizá exigía antes poder que torear.
Tres portagayolas, dos sobreros, una oreja discutida y demasiados toros sin fuerza. En una tarde gris de San Isidro, la frase más lúcida no la pronunció ningún torero: «Hay que cuidar los detalles; el mundo está lleno de detalles».
Los toros de José Escolar tardaron en aparecer. Durante cuatro astados, la corrida transitó entre la decepción y la dificultad. Pero el quinto y el sexto devolvieron el sentido de una tarde que acabó hablando menos de triunfos que de lidia, inteligencia y respeto ante el toro.
Ferrera abrió una Puerta Grande histórica después de convertirse en el primer matador que pica un toro en Las Ventas. Pero mientras la plaza contemplaba fascinada el espectáculo, un gran toro de Adolfo Martín se quedó sin torear. Y ahí estuvo la verdadera historia de la tarde.
Tres toros devueltos, un sobrero de 715 kilos que parecía un bisonte prehistórico y una corrida que se fue deshaciendo bajo el calor de Madrid. Mientras los toreros buscaban una tarde imposible, los cabestros y su joven mayoral terminaron robándoles el protagonismo.
En tarde abrasadora, Urdiales recordó a Madrid que el toreo también puede ser una cuestión de verdad, pureza y oficio. Frente a él, una buena corrida de Juan Pedro y el contraste entre dos maneras opuestas de entender la tauromaquia contemporánea.
Una corrida áspera y exigente de Pedraza de Yeltes dejó emoción en el caballo, dificultades auténticas y escaso lucimiento. Jarocho firmó lo mejor de la tarde con tres naturales extraordinarios en el sexto. Más que triunfos, la corrida dejó preguntas sobre el oficio y el sitio.
La presentación triunfal de Julio Méndez en Madrid dejó mucho más que dos orejas: dejó la impresión de un torero joven que quiere ser alguien de verdad. Frente a él, otros novilleros mostraron una duda más profunda: no si saben torear, sino si desean realmente hacerlo.
La corrida de Alcurrucén dejó una sensación extraña: había toreros capaces, toros con más posibilidades de las que parecían y momentos de emoción verdadera. Pero nadie supo medir el tiempo. Faenas larguísimas, exceso de metraje y la impresión constante de ocasión perdida.
Un toro extraordinario puede justificar toda una feria. “Cantaor”, de Victoriano del Río, obligó a Castella a ponerse al servicio de la bravura verdadera. La Puerta Grande se perdió con la espada, pero la emoción ya había quedado escrita en la arena de Madrid.
Claveles en la solapa, toreros artistas y lleno en Las Ventas. Luego llegaron los inválidos, los descabellos interminables y el simulacro. La corrida del Puerto de San Lorenzo dejó una pregunta incómoda: quizá el ridículo no lo hicieron sólo los toreros.
La corrida de Saltillo recordó que no todos los toros vienen a colaborar. Hubo poco lucimiento y mucha aspereza, pero también emoción seca, dificultades reales y toreros obligados a lidiar más que a gustarse. A veces el interés de una corrida nace precisamente ahí.
La novillada de Fuente Ymbro dejó algo más interesante que las orejas: dos presentaciones con verdad. Mario Vilau y Julio Norte llegaron a Madrid con disposición, sangre y temple. No salieron figuras, pero sí toreros a los que conviene seguir mirando.
Fuente Ymbro devolvió a Las Ventas una tarde con toro: presencia, temperamento, transmisión y un gran Adulador. No fue una corrida completa, pero sí interesante: de esas que obligan al torero a definirse y a la plaza a respirar de otra manera.
En la tarde del recuerdo a Joselito, la corrida de La Quinta dejó poco para el entusiasmo: mansedumbre, descastamiento y cierto peligro sordo. Pero Manuel Diosleguarde, en su confirmación, sostuvo la tarde con actitud, compromiso y el raro oficio de no aburrir.
En la tarde de San Isidro hubo toro, presencia, peligro y emoción. La corrida de El Torero dejó materia de triunfo grande, pero también una evidencia incómoda: a veces no falta el toro; falta quien sea capaz de estar a la altura.
La sustitución de urgencia de los toros de El Parralejo por una floja y descastada corrida de Vellosino dejó en Las Ventas una sensación aún más inquietante que el aburrimiento: la progresiva anestesia de un público que empieza a normalizar lo que antes habría provocado un escándalo.
El regreso de Partido de Resina a Las Ventas, siete años después, terminó convertido en una decepción: una corrida descastada, parada y sin alma que dejó al descubierto algo más profundo todavía: la pérdida de recursos del toreo contemporáneo ante la dificultad.
Con viento, lluvia y novillos encastados, la primera novillada de San Isidro terminó revelando un nombre propio: Álvaro Serrano. Madrid percibió desde el primer quite que aquel muchacho rubio había venido a Las Ventas dispuesto a cambiar su destino.
Segunda tarde de feria, segundo «no hay billetes». Pero en Las Ventas apareció una de las experiencias más difíciles de administrar: el aburrimiento. Toros de La Quinta para Perera, Luque y Tomás Rufo.
Primera tarde de San Isidro: mucha expectación, muy poco toro y faenas interminables incapaces de fabricar emoción. Hasta que apareció Ganador, y Talavante lo cuajó por ambos pitones.
Hay un momento en el que la Feria aún no ha comenzado y, sin embargo, ya lo ocupa todo. No es el tiempo de los carteles, sino otro más impreciso: el de una expectación que se construye a sí misma, como una plaza aún en andamios, sostenida más por lo que promete que por lo que ofrece.
Una manera de mirar la feria antes de que la feria suceda. Primer número del cuaderno.
Fuera de feria · Madrid, Nîmes, Valladolid
El himno sonó ante un palco real vacío. Después llegaron el viento, los rayos y el diluvio. La Beneficencia de 2026 no será recordada por los triunfos, sino por una lección de profesionalidad cuando todo aconsejaba suspender la corrida.
Más de sesenta mil espectadores, una ciudad entera volcada con sus arenas romanas y una feria capaz de sobrevivir incluso a la ausencia de Morante. Nîmes 2026 confirmó que la tauromaquia todavía puede funcionar como un fenómeno cultural vivo, intenso y contemporáneo.
Las cornadas de Sevilla dejaron Valladolid convertida en otra cosa. Morante estuvo presente toda la tarde precisamente porque no apareció nunca. Talavante y Borja Jiménez frente a toros de Jandilla.
La mirada, fuera del calendario
Más que esculturas, parecen afloramientos del paisaje. Como si hubieran brotado de la propia tierra. Frente a ellos, la pregunta ya no es qué representan, sino qué sigue vivo en ellos después de más de dos mil años.
El toreo no ocurre "en" el tiempo: trabaja con él. Frente al tiempo inmediato y violento del toro, el torero introduce otra temporalidad: el temple. No se trata de torear despacio, sino de ajustar dos tiempos incompatibles durante un instante irrepetible.
El torero artista no muestra lo que hace, sino lo que puede hacer. Y muchas veces lo muestra, paradójicamente, no haciéndolo. Sobre la economía del gesto y el vacío del ruedo.
Sobre la incomodidad de un arte que no se deja traducir al lenguaje de la utilidad — y por qué precisamente ahí reside su valor.
La tauromaquia comparece hoy bajo la forma del escándalo. No conviene apresurarse a defenderla: hay que demorarse en él, habitarlo.
Hay una edad —rara— en la que el torero, cuando todo parece haberse perdido, empieza por fin a torear. Sobre la economía del gesto, a propósito del Premio Nacional de Tauromaquia 2026.
Términos con mirada lenta, letra a letra
Cada término del vocabulario taurino es una puerta abierta a una experiencia que nunca se deja atrapar del todo. Este diccionario no pretende ordenar ese mundo, sino tantearlo: seguir el rastro de unas palabras que, como el toreo, sólo dicen algo cuando están a punto de quedarse mudas.
Cada término del vocabulario taurino es una puerta abierta a una experiencia que nunca se deja atrapar del todo. Este diccionario no pretende ordenar ese mundo, sino tantearlo: seguir el rastro de unas palabras que, como el toreo, sólo dicen algo cuando están a punto de quedarse mudas.
Dibujos a bolígrafo, al hilo de la temporada
Hay expresiones taurinas que describen una técnica y, sin embargo, encierran una filosofía del cuerpo. Cargar la suerte es una de ellas: el instante en que el torero adelanta la pierna, compromete el cuerpo y acepta el peso de la embestida antes de dejarla pasar. Un dibujo a bolígrafo para fijar la arquitectura secreta de una verónica.
No todos los dibujos nacen de lo que los ojos ven; algunos nacen de lo que ya no encuentran. Esta gaonera no reproduce ningún lance visto esa tarde: surge del deseo de volver a ver una forma que poco a poco ha ido desapareciendo.
Lo decisivo de la tauromaquia ocurre muchas veces en un lugar anterior a las palabras: el embroque, ese instante en que el torero aún no ha terminado de mandar y el toro aún no ha terminado de obedecer. Un dibujo a bolígrafo intenta atrapar ese encuentro.
Un apunte tomado en el tendido, a bolígrafo, mientras Aguado no terminaba de ponerse. Con esta pieza arranca «Obra gráfica», serie semanal de dibujos y collages al hilo de la temporada.
Reseñas sin complacencia
El toreo como forma de lo irreductible. Un libro que no cierra el problema: lo devuelve a su lugar natural, que es el conflicto. Reseña.
La tauromaquia como conciencia de una forma. Tradición hispánica y humanística como clave —no como nostalgia—. Reseña.
El torero como último héroe de la literatura española. La reedición de un ensayo clásico para pensar la figura del héroe y la crisis de la narrativa taurina. Reseña.