Hay una edad en el deporte en la que todo empieza a aclararse. Se ve mejor. Se entiende antes. Las jugadas se ordenan en la cabeza con una limpieza y una precisión que no se tenía en la juventud.
Y, sin embargo, es una edad ya inútil.
En algunas entrevistas, la leyenda del baloncesto Michael Jordan ha reconocido que hoy juega mejor en su cabeza que cuando estaba en activo. No es la boutade de un genio en decadencia: es una constatación. La inteligencia del juego madura cuando el cuerpo empieza a retirarse.
Ahí está el límite del deporte.
Porque el deporte, incluso en sus formas más refinadas, sigue dependiendo de la respuesta física. La lucidez auténtica llega cuando ya no puede ejecutarse.
En el toreo, no ocurre exactamente así. O, mejor sería decir, sucede exactamente al contrario.
El pasado 12 de octubre, en Las Ventas, durante el festival en homenaje a Antoñete, Curro Vázquez hizo el paseíllo con una edad en la que, en cualquier disciplina deportiva, el gesto estaría ya amortizado. Y, sin embargo, toreó como siempre; es decir, toreó mejor que nunca.
Pero no toreó “a pesar de” la edad.
Toreó desde ella.
Conviene detenerse en esa diferencia decisiva.
Porque lo que allí se vio no fue una supervivencia del oficio, ni una nostalgia bien administrada, ni una concesión sentimental del público. Fue otra cosa: una forma absoluta de claridad. Una economía del gesto llevada hasta el extremo. Una manera de hacer en la que el cuerpo ya no actúa como motor, sino como pura superficie de aparición.
El torero veterano —cuando lo es de verdad— no compite con su juventud. No intenta recuperar lo perdido. No acelera. No acumula.
Quita.
Quita hasta que el gesto queda reducido a lo imprescindible. Y en ese despojamiento, en esa eliminación progresiva de lo superfluo, aparece algo que no estaba antes.
No más facultades. Más forma.
Por eso la edad, en el toreo, no es sólo desgaste y decadencia: puede ser decantación y plenitud.
El gesto justo · Zidane y la inteligencia del cuerpo
Aquí es donde conviene recordar una frase que, al parecer, Morante de la Puebla ha dicho en alguna ocasión y que su hijo, jugador del Betis, ha recordado en una entrevista: “Me gustaría torear como Zidane jugaba al fútbol”.
La comparación, bien entendida, es precisa.
El fútbol de Zinedine Zidane no se basaba en la intensidad física ni en la acumulación de acciones, sino en la administración del tiempo y del espacio: un arte del tiempo justo. Zidane no imponía su movimiento: utilizaba el del contrario. No respondía con más velocidad: respondía con mejor colocación. No ocupaba el espacio: lo vaciaba. No corría más: llegaba antes.
Su juego tenía algo de esas disciplinas orientales en las que la fuerza no se opone, sino que se conduce. Donde el adversario no se vence por choque, sino por desplazamiento. Donde un gesto mínimo, ejecutado en el instante justo, basta para desarticular toda una estructura de energía.
Hay en ciertas artes —piénsese en el aikido o en el judo en su forma más depurada— una inteligencia del cuerpo que no consiste en hacer más, sino en hacer lo necesario en el momento exacto. No hay exhibición de potencia, sino ajuste. No hay derroche, sino economía. No hay gesto añadido: hay gesto justo.
Zidane, en sus mejores momentos, jugaba así.
Y, sin embargo, seguía siendo fútbol.
Es decir, seguía dependiendo de un cuerpo capaz de ejecutar esa inteligencia con precisión. Por eso también él tuvo un límite. Un momento en que la comprensión permanecía, pero la ejecución empezaba a fallar.
Donde el deporte termina y el toreo empieza
El toreo, en cambio, desplaza ese límite mucho más allá de lo razonable. No lo elimina —el cuerpo sigue estando en juego, y de qué manera—, pero lo reconfigura. Porque el gesto del torero no se mide por su rendimiento, sino por su adecuación. No por su cantidad, sino por su ajuste. No por su eficacia en términos deportivos, sino por su capacidad de aparecer como forma.
Y ahí es donde Curro Vázquez se vuelve decisivo.
Lo que se vio en Las Ventas el 12 de octubre no fue un cuerpo que respondía, sino un cuerpo que sabía retirarse a tiempo. No un despliegue de facultades, sino una administración del gesto. No una afirmación, sino una resta.
Y en esa resta, en esa forma de ir quitando hasta quedarse casi sin nada, el toreo se sostuvo.
Eso es lo que el deporte no puede hacer.
No porque sea inferior, sino porque responde a otra lógica. La del rendimiento, la de la medida, la de la optimización. El deporte necesita producir. El toreo, en su extremo, puede permitirse desaparecer.
Por eso hay una edad en la que el deportista entiende mejor que nunca y, sin embargo, ya no puede jugar.
Y hay otra —mucho más rara— en la que el torero, cuando todo parece haberse perdido, empieza (por fin) a torear.
No mejor en términos de ejecución.
Mejor en términos de verdad.
Porque ya no hace casi nada.
Y, sin embargo, todo ocurre en ese instante decisivo en el que al cuerpo ya sólo lo sostiene la torería.