← Volver a Contraquerencia
Ensayo

El escándalo

No conviene apresurarse a defender la tauromaquia del escándalo que provoca. Al contrario: hay que demorarse en él, habitarlo incluso, como quien reconoce en esa incomodidad una señal inequívoca de que algo esencial está en juego.

No conviene apresurarse a defender la tauromaquia del escándalo que provoca. Al contrario: hay que demorarse en él, habitarlo incluso, como quien reconoce en esa incomodidad una señal inequívoca de que algo esencial está en juego. El escándalo no es aquí un accidente, ni un malentendido, ni una deformación mediática. Es la forma misma bajo la cual la tauromaquia comparece hoy ante nosotros.

Vivimos en una época que ha aprendido a ocultar cuidadosamente aquello que no puede integrar. La muerte, en primer lugar. Pero también el conflicto, el riesgo, la exposición radical del cuerpo. Todo lo que no se deja traducir en términos de utilidad o bienestar queda progresivamente expulsado hacia los márgenes. No desaparece: se vuelve invisible.

La corrida, en cambio, insiste en mostrar.

Y lo hace de un modo que no admite mediaciones. No hay aquí relato que amortigüe, ni pantalla que filtre, ni montaje que edulcore. Lo que ocurre sucede ante todos y en tiempo real, en ese espacio circular donde la mirada no puede apartarse sin reconocer, al mismo tiempo, su propia renuncia. Por eso escandaliza. No tanto por lo que muestra —la muerte de un animal— como por la forma en que lo hace: sin coartadas.

El escándalo nace de esa falta de coartada.

Se ha repetido hasta la saciedad que los toros “ofenden la sensibilidad contemporánea”. Tal vez sea cierto. Pero convendría precisar: no ofenden una sensibilidad cualquiera, sino una muy concreta, históricamente situada, moldeada por la aspiración a un mundo sin fricción. Una sensibilidad que ya no soporta la presencia de lo irreductible. Que exige que todo sea, de algún modo, justificable, explicable, integrable.

La tauromaquia no se deja integrar.

Y ahí reside su fuerza —o su condena.

Porque lo escandaloso no es lo violento, sino lo que no puede ser absorbido por el sistema de valores dominante. Hay violencias perfectamente toleradas —incluso invisibles— que no suscitan el menor rechazo. Y hay, en cambio, formas ritualizadas, codificadas, sometidas a una ética estricta, que se vuelven insoportables precisamente porque desnudan la lógica bajo la cual vivimos: esa voluntad de control que, bajo la apariencia de seguridad, ha terminado por vaciar la experiencia.

El escándalo, entonces, no es moral. Es ontológico.

Se produce cuando algo irrumpe y desbarata el marco en el que creíamos comprender el mundo. Cuando nos obliga a reconocer que hay zonas de la existencia que no se dejan domesticar. La corrida pertenece a una de esas zonas. No porque celebre la muerte, sino porque la incorpora sin disimulo, sin desplazarla fuera del campo de la experiencia compartida.

En ese sentido, la tauromaquia no es tanto una tradición como una interrupción. Interrumpe el flujo continuo de una vida organizada en torno a la producción, el consumo y el entretenimiento. Introduce una suspensión, un tiempo otro, donde lo que está en juego no es la acumulación ni el rendimiento, sino la intensidad. El riesgo. La posibilidad —siquiera remota— de que algo ocurra de verdad.

Quizá por eso la tentación de suprimirla adopta hoy formas tan diversas. No se trata únicamente de una cuestión de sensibilidad animal o de progreso moral. Hay, en el fondo, una incomodidad más profunda: la que provoca todo aquello que no puede ser reducido a un cálculo, a una norma, a una previsión.

La tauromaquia es incómoda porque no se deja prever.

Y una sociedad que ha hecho de la previsión su principio rector difícilmente puede tolerar lo imprevisible sin sentirlo como amenaza. De ahí que el escándalo no deba ser disipado, sino comprendido. No como argumento en contra, sino como síntoma.

Síntoma de que aún queda algo —mínimo, frágil, pero persistente— que no ha sido completamente absorbido.

Algo que resiste.

← Volver a Contraquerencia