En 1939 un toro de Sánchez Cobaleda llamado Liebrero rompió el vallado del encierro de Pamplona y sembró el pánico junto a las taquillas de la plaza. La fotografía de aquel instante ha terminado formando parte de la memoria de San Fermín. En ella no vemos únicamente un accidente. Vemos cómo un rito se rompe. Mientras el toro permanecía dentro del recorrido, el riesgo formaba parte de un orden aceptado por todos. Cuando atravesó el vallado, sólo quedaron un toro suelto y una multitud huyendo para salvar la vida.
Aquella mañana la ciudad comprendió que incluso la fiesta necesita una forma. También un límite.
Las fiestas rara vez desaparecen de golpe. Antes suelen vaciarse lentamente de sentido. Conservan sus recorridos, sus símbolos y sus ceremonias, pero olvidan aquello que las había mantenido vivas. Permanecen las formas. Se desvanece su razón de ser.
Hace ya varias décadas, Santiago Amón advirtió que el verdadero peligro de la tauromaquia no era únicamente la hostilidad de sus adversarios. El riesgo más profundo consistía en otra cosa: en que dejáramos de comprender qué significa una fiesta. Vista desde hoy, aquella intuición parece más vigente que nunca.
Porque una fiesta no consiste simplemente en reunirse ni en divertirse. Interrumpe el tiempo ordinario para celebrar aquello que una comunidad considera digno de ser celebrado. Tiene un centro. Mientras ese centro permanece, la fiesta conserva su verdad. Cuando desaparece, la celebración puede continuar durante algún tiempo, pero acaba convirtiéndose en un espectáculo, en una costumbre o en un producto turístico.
Quizá por eso San Fermín sigue siendo una excepción.
No porque durante nueve días Pamplona reciba visitantes de todo el mundo, ni porque el encierro se retransmita en directo para millones de espectadores. Lo excepcional es que el toro continúa organizando el tiempo de la ciudad. Él marca las horas. Él reúne a los corredores al amanecer y a los aficionados por la tarde. Él da sentido al recorrido de las calles y al silencio de los corrales.
La fiesta comienza mucho antes del chupinazo.
Comienza en los Corrales del Gas.
Estos días miles de personas pasan delante de los toros que correrán el encierro y serán lidiados por la tarde. No esperan que ocurra nada extraordinario. Miran. Comparan. Comentan en voz baja la seriedad de una cabeza, la conformación de unos pitones, la armonía de un ejemplar bien hecho y rematado. Los niños preguntan. Los mayores responden señalando un animal concreto. La fiesta todavía no ha comenzado oficialmente y, sin embargo, ya está sucediendo.
Entre ellos destaca este año un cárdeno claro de Cebada Gago llamado Filósofo. Mientras muchos buscan el nombre de los toreros, otros permanecen un tiempo detenidos delante del toro. Antes de embestir, el toro exige algo insólito en nuestro tiempo: ser contemplado y admirado por la fascinación que transmite.
No es un detalle menor.
Dice mucho de la naturaleza de San Fermín.
Basta recorrer los carteles de este año para comprenderlo. Cebada Gago, José Escolar o Miura ocupan un lugar natural en la feria porque representan una determinada idea del toro: un animal íntegro, imprevisible, dueño todavía de una personalidad irreductible. Junto a ellas comparecen otras divisas y otros conceptos del toreo, como el de Morante con los toros de Álvaro Núñez. La diversidad no debilita la feria. La fortalece. Porque todas las sensibilidades encuentran su lugar mientras el verdadero protagonista siga siendo el mismo.
También aquí, sin embargo, empiezan a percibirse algunos cambios.
La televisión ha permitido que el encierro sea conocido en todo el mundo. Pero toda imagen termina influyendo, de un modo u otro, sobre aquello que muestra. Cada año resulta más frecuente encontrar corredores cuya principal preocupación parece consistir en permanecer unos segundos más delante de la cámara. No corren únicamente delante del toro; corren también delante del objetivo.
Existe una diferencia profunda entre vivir una fiesta y necesitar verse viviéndola.
Algo parecido ocurre cuando en determinados foros reaparece la propuesta de conservar los encierros prescindiendo de las corridas de toros. Sus defensores creen proteger así la parte más popular e internacional de San Fermín. Sin embargo, el problema no es histórico ni identitario. Es, sobre todo, una cuestión de sentido.
El encierro no consiste simplemente en correr delante de unos toros.
Consiste en conducirlos hasta la plaza.
Toda la intensidad de esa carrera nace precisamente de su destino. El movimiento posee una dirección. Si desaparece esa dirección, permanece la carrera, pero cambia radicalmente su significado.
Ocurre con todos los ritos. Una procesión no es un paseo colectivo. Una peregrinación no consiste únicamente en caminar. Del mismo modo, un encierro no es una carrera multitudinaria alrededor de unos toros. Cuando un rito pierde su finalidad puede conservar intacta su apariencia, pero deja de ser el mismo rito.
Quizá por eso siga emocionando tanto la imagen de unos aficionados yendo a ver los toros a los corrales. Allí todavía no hay espectáculo. No hay cámaras buscando el mejor plano. Sólo un puñado de personas contemplando al verdadero protagonista de la fiesta.
Mientras el toro siga ocupando ese lugar, San Fermín conservará su sentido.
El día en que el toro deje de ser el centro y la fiesta comience a celebrarse alrededor de su propia imagen, seguirán cantando las peñas, seguirán llenándose las calles y seguirán corriendo los mozos y el vino. Pero el viejo vallado que un día separó el rito del caos habrá empezado, silenciosamente, a desplazarse hacia otro lugar.