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Cuaderno

San Isidro. Antes de que empiece

Hay un momento, unos días antes de que empiece una feria, en el que todavía no ha pasado nada y, sin embargo, ya todo está ahí.

Hay un momento, unos días antes de que empiece una feria, en el que todavía no ha pasado nada y, sin embargo, ya todo está ahí.

Los carteles se han hecho públicos. Los nombres están fijados negro sobre blanco. Las combinaciones, decididas. El tiempo —ese tiempo tan particular de la plaza— aún no ha comenzado a correr, pero ya ha adoptado una forma.

Este espacio nace justamente en ese intervalo.

No como un lugar de información ni como un comentario al hilo de la actualidad taurina, sino como un intento de pensar la tauromaquia desde otro lugar: no tanto desde lo que ocurre, sino desde cómo ocurre. Desde las formas, los gestos, los tiempos que hacen posible que algo suceda en el ruedo.

Mi nombre es Antonio J. Pradel. Llevo años escribiendo sobre tauromaquia, toros y toreros. No tanto para explicar lo que pasa en una corrida, sino para intentar entender qué es exactamente lo que vemos cuando vemos torear.

Este cuaderno —porque eso aspira a ser— se sitúa en esa línea.

No habrá aquí crónicas al uso ni juicios inmediatos. Tampoco defensa ni refutación en el sentido habitual. Habrá, más bien, una serie de aproximaciones: textos breves, autónomos, que tomen un aspecto concreto del toreo —el gesto, la quietud, la distancia, el miedo— y lo desplieguen como problema.

Y, sin embargo, este primer número no puede evitar una circunstancia insoslayable: la inminencia de la próxima Feria de San Isidro.

Mirar una feria

Una feria no es simplemente una suma de corridas más o menos atractivas sobre el papel.

Es una estructura.

Un sistema de repeticiones y variaciones en el que, durante unas semanas, los mismos elementos —toros, toreros, público— se reorganizan una y otra vez, produciendo, a veces, algo inesperado.

En ese sentido, los carteles no son sólo una programación: son una hipótesis. Proponen lo que podría ocurrir. Pero lo interesante no está en confirmar esas expectativas, sino en observar cómo se desvían.

Cada tarde introduce una variación mínima: un torero que llega en un momento distinto al esperado; una ganadería que responde de manera imprevista; un público que altera su temperatura al albur…

Y en ese juego de diferencias se decide todo.

El toro

Hay, no obstante, algo que, más allá de la ganadería anunciada cada tarde, no puede adivinarse del todo en los carteles y que, sin embargo, lo condiciona absolutamente todo.

El toro.

Se habla de nombres, de trayectorias, de momentos. Se analizan combinaciones. Se proyectan expectativas. Pero todo ese sistema —siempre en precario equilibrio— depende de algo que no pertenece a ese orden.

El toro no es una variable más.

Es, precisamente, lo que impide que la corrida se convierta en un mecanismo o, peor aún, en un espectáculo al uso.

Cada toro introduce una diferencia radical. No una variación dentro de un esquema preestablecido de antemano, sino una interrupción. Su comportamiento no puede deducirse por completo: ni de la ganadería, ni de la reata, ni de la estadística. Siempre queda un resto. Ese resto imprevisible es el quid de la cuestión.

Y es ahí donde empieza realmente la corrida.

El torero no se enfrenta a una idea del toro, sino a su presencia absoluta. Y esa presencia —física, concreta, fascinante, irreductible— obliga a ajustarlo todo: el sitio, el tiempo, el gesto.

Antes que un arte del dominio,
la tauromaquia es un arte de la respuesta.
De cómo responder a lo que nunca se llegará a conocer del todo.

Los nombres y el tiempo

En los carteles de San Isidro —como en casi todas las ferias— conviven varios tiempos a la vez.

Están los toreros instalados en una forma reconocible, casi podríamos decir estable. Aquellos cuyo toreo consiste, en gran medida, en reproducir con precisión una idea ya conquistada.

Y están los otros: los que torean en el límite de esa forma, los que introducen una inestabilidad, un desajuste, una grieta.

No se trata aquí de establecer una jerarquía.

Se trata de entender que cada uno propone una relación distinta con el tiempo: mientras que unos lo fijan, otros lo abren. Y que, en la tensión entre ambas posiciones, se juega la posibilidad misma de la feria.

Lo que no está en los carteles

Pero lo decisivo —como casi siempre— no está escrito.

No está en los nombres ni en las fechas.

Está en algo mucho más difícil de prever: en si, en algún momento, durante alguna tarde, se produce eso que podríamos llamar una aparición.

Un instante en el que el gesto deja de ser ejecución y se convierte en forma. Un momento en el que el tiempo parece detenerse —no porque nada ocurra, sino porque todo ocurre de una manera imprevista.

Eso no puede programarse.

Y, sin embargo, es lo único que importa. Lo único que quedará fijado en la memoria del aficionado.

A partir de aquí…

Este cuaderno de bitácora comienza ahí: en ese margen entre lo previsto y lo que todavía no ha sucedido.

En próximas entregas iremos deteniéndonos en algunos de los elementos que hacen posible ese tipo de aparición:

la quietud,
el sitio,
la distancia,
el miedo,
el gesto…

No como temas, sino como problemas.

Porque quizá la tauromaquia no sea tanto un arte de hacer cosas delante de un toro bravo, sino más bien un arte de cómo y cuándo hacerlas.

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